lunes, enero 10, 2011

Carta Pública al comandante HUGO

Buenas tardes.

Mi nombre es Alírica Isabel Suárez Hernández, de profesión Químico.
Ejerzo labores de docencia e investigación en la Facultad de Farmacia
de la Universidad Central de Venezuela. Agradezco la atención que
tengan a bien dispensarme leyendo mi mensaje dirigido al señor Hugo Chávez Frías, presidente de nuestro país, y a todo el pueblo de Venezuela.

Quiero expresar mi más grande rechazo y repudio a las mentiras y
engaños presentados ayer en el programa "Aló Presidente". Casi nunca
lo veo ni escucho pero esta vez se trataba de algo que atañe a la
tierra que me vio nacer, tierra que quiero, admiro y me enorgullece.
Tierra que es cuna de gente progresista, honesta y trabajadora, que
lucha contra las adversidades y las vence. Gente llena de principios
que ama su familia y ese terruño que hoy quieren arrebatarnos.

Con mis propios ojos y oídos comprobé que su programa, señor
Presidente, es una gran muestra de mentiras. Creo que cuando callamos
ante las mentiras nos hacemos cómplices de quienes las dicen, y yo no
voy a sumarme a esta sociedad de cómplices.

Quiero hoy decir que todo lo que usted dijo y presentó ayer sobre la
hacienda Bolívar es falso. No me envían los dueños de la hacienda;
ellos no me conocen y tal vez nunca escucharon mi nombre. Expreso mis
propias palabras y lo hago con agradecimiento al lugar donde viví mi
niñez, donde hay una hermosa escuela con maestros que, pagados por los
dueños de la hacienda, me dieron mi primera educación, que me permitió
venir a la capital y alcanzar mi bachillerato y luego, con mucho
sacrificio, mi título de Licenciada en Química y, más tarde, el de
Doctora en Química de la Universidad Central de Venezuela. Lo
aprendido me permitió estar a la par de profesionales de diferentes
países con quienes departí mientras estudiaba Postdoctorado en
universidades del Primer Mundo.

La hacienda Bolívar no es lo que presentaron y dijeron ayer en su
programa "Aló Presidente", señor Presidente. La hacienda Bolívar es,
en justicia, un pequeño pueblo donde cada obrero y empleado tiene
asignada una vivienda, de soltero unos, familiar los otros. Hay
electricidad, agua potable, cloacas y aseo urbano (o rural), todo ello
gratuito. Muchísima gente que subsiste en los barrios venezolanos
quisiera vivir en las condiciones que la hacienda Bolívar provee a
nuestras familias.

A mi escuela, la que me formó, van los hijos de los empleados y
obreros, y todos los niños que viven en fundos y caseríos aledaños. La
educación es gratuita, de calidad y hay además transporte gratuito,
pagado por los dueños, que recoge los niños en sus hogares y los lleva
de vuelta cuando concluye la jornada educativa.

Todos los empleados de la hacienda Bolívar reciben, a precio
irrisorio, los alimentos básicos. Pueden disponer de toda la leche que
tengan a bien consumir. Cada semana, por el precio que en la ciudad
pagamos por un plátano, ellos obtienen un racimo de plátanos; y la
carne la pagan a un precio mucho menor que el de sus tan cacareados
Mercales, señor Presidente.

Sí, son miles de hectáreas, pero de tierras productivas que dan carne,
leche, plátanos, y tantos otros frutos que nuestro generoso suelo sabe
dar. Sí, en el Sur del Lago están las mejores tierras de Venezuela,
pero no son tierras ociosas. Son la despensa de este país.

En su "Aló Presidente " de ayer presentaron las casas donde viven los
dueños cuando van a la hacienda. Pero se les olvidó decir que cada vez
van con menos frecuencia porque, ellos y sus familiares, son víctimas
de secuestros. Se han visto obligados a alejarse de las tierras que
con mucho trabajo y grande esfuerzo ellos mismos, sus padres, sus
abuelos, hicieron producir.

Le oí, señor Presidente, criticando que allí hubiesen sembrado
chaguaramos, como si eso fuese un símbolo de la "burguesía". Y me
llenó de asombro que omitiera usted el resto de la hacienda, con sus
casas pintadas, escuela, calles asfaltadas, cloacas, alumbrado,
comedor, planta eléctrica (por si falla la electricidad que el
gobierno suministra; todo el consumo eléctrico es pagado por los
dueños) y estación de gasolina que son modelo para buena parte de
nuestra ciudad capital.

Su "Aló Presidente" tampoco entrevistó a los empleados de la hacienda,
hoy despojados de sus trabajos, que hasta por tres generaciones han
vivido ayudándola a crecer, sintiéndola y sabiéndola propia. Es el
caso de mi familia que, sépalo señor Presidente, durante 60 años ha
aportado tres generaciones a esa tierra y sigue trabajándola. Allí
crecimos muchos que hoy somos profesionales: médicos, ingenieros,
científicos, juristas y licenciados en educación. Varios regresaron a
laborar allá, y hoy pierden sus trabajos y hogares porque porque usted
sigue creyéndose el único dueño de Venezuela. Porque sus aduladores le
alimentan la vanidad y muchas gentes (pero cada vez menos) lo siguen a
usted, señor Presidente, recogiendo del suelo las limosnas que lanza,
apropiándose de lo ajeno y ensordecidos por las mentiras.

Las tierras del Sur del Lago, señor presidente, son muy venezolanas y
muy nuestras. Y usted quiere quedarse con ellas sin haberlas
trabajado. Pero eso nunca ocurrirá. Porque la tierra, según
practicamos aquí, de sol a sol y día a día, son de quienes la
trabajamos con los brazos, la cabeza y el corazón. No hay tierras
productivas para quienes creen que trabajar es gesticular ante cámaras
y vociferar por micrófonos.

Finalizo haciendo constar que la hacienda Bolívar es muestra de lo que
significa el compromiso de prosperar con el crecimiento digno de los
empleados. Sus palabras y actos, señor Presidente, son una descomunal
injusticia contra los trabajadores, contra los dueños y contra todos
los productores del Sur del Lago. A ellos quiere usted, señor
Presidente, arrebatarles sus tierras. El bravo pueblo del Zulia no se
amedrentará. No, señor Presidente, no somos criminales como usted ayer
pretendía. Somos venezolanos. Somos ciudadanos con amor a estas
tierras y llenos de orgullo por ellas.

Venezuela en mucho más mía, mucho más nuestra, que suya, señor Presidente.

Ciudad de Caracas, en la fecha del día siguiente a las mentiras.